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Sábado, 8 de Febrero del 2025

LA NIÑA FANTASMA DEL CEMENTERIO DE LANUS

LA NIÑA FANTASMA DEL CEMENTERIO DE LANUS

El cementerio de Lanús, ubicado en Aguilar 3302, Lanús Este, es un predio de doce manzanas donde la tranquilidad y el silencio se hacen palpables. Cuenta con un crematorio, una capilla cristiana y parcelas destinadas a nichos, sepulturas y bóvedas. Entre sus muros descansan personajes destacados de la zona, como Pepe Biondi, uno de los más grandes cómicos argentinos.

Pocos relatos sobrenaturales circulan acerca de este camposanto. Sin embargo, hay uno que se repite con mucha frecuencia. Se habla de la aparición de una niña después del horario de cierre, que en invierno es de 7 a 17 horas. Los testigos coinciden casi a la perfección en describirla: de unos catorce años, con un short verde, una camiseta rosa pálida, un rostro afilado y pálido, y una cabellera rubia y abundante.

Algunos piensan que la niña es una proyección de alguien enterrado en el lugar; otros mencionan invocaciones y maleficios, mientras que unos pocos creen que es una niña traviesa que juega entre las tumbas después del cierre.

Decidí acercarme al cementerio y preguntar a los vecinos sobre esta historia.

Antonella: «Muchos dicen haberla visto detrás de las puertas cuando el cementerio ya está cerrado. Mi primo la vio una noche y se asustó mucho».

Daniel: «Trabajo por aquí. Nunca escuché sobre la niña, pero no me sorprendería. A veces veo ofrendas rituales y brujería en la puerta», señaló el portón de hierro. «Ese tipo de cosas podrían atraer algo peor que el fantasma de una niña».

Marcela: «No creo en esas cosas. Seguramente es la hija de alguien que trabaja aquí y la dejan jugar entre las tumbas».

Tras hablar con algunas personas y ver la calle desierta, decidí entrar al cementerio. Conozco bien el lugar porque tengo seres queridos descansando aquí. Recorrí el largo sendero pavimentado sin sentir miedo ni incomodidad. Había muy poca gente trabajando en las oficinas y entre las sepulturas, y siendo un sitio donde se rinde homenaje a los que ya no están, no hice preguntas.

Cuando se acercaba la hora de cierre, regresé a la reja de entrada. El lugar estaba desierto y silencioso; de no ser por las lápidas a ambos lados del camino, habría sido un paseo apacible.

Salí sin obtener un relato consistente sobre la aparición. Preferí no preguntar a los cuidadores ni al personal, ya que soy escéptico y no esperaba una respuesta que convirtiera al cementerio en un foco de atención. Me dirigí hacia la parada del colectivo de la línea 179, ramal 3, que me llevaría a la estación ferroviaria de Lanús, más cerca de mi hogar.

En la parada, dos mujeres mayores conversaban. Después de unos minutos, algo en su conversación captó mi atención, y apagué la música de mi celular para escucharlas.

Anciana: «Es increíble cómo una niña tan pequeña puede estar jugando allí. No debe tener más de diez años y apenas estaba abrigada. No entiendo cómo los padres la dejan estar fuera de casa. Cuando yo era chica, mi papá me castigaba si llegaba tarde. No entiendo cómo nadie la ve entrar, pero una vez por semana la veo jugando cuando paso por la puerta del cementerio».

Las señoras subieron al colectivo. Por curiosidad, decidí no subir y me acerqué de nuevo al portón de rejas. El cielo comenzaba a oscurecer, y las tumbas proyectaban sombras tétricas. Desde afuera, no vi a ninguna niña; solo las hojas de los árboles moviéndose con el viento. No había presencia alguna, ni natural ni sobrenatural, asomándose detrás de las rejas; solo lápidas y cruces cristianas, que parecen invitarnos a algún día estar entre ellas, a formar parte de sus muertos.