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Sábado, 24 de Enero del 2026

PENUMBRA

PENUMBRA

“El error no fue bajar.
Fue creer que había un final.”

Muchos dicen que, al abandonar nuestro cuerpo terreno, vemos a través de nuestros propios ojos la fugacidad de la vida como un juego de luces extraño y hermoso. Una suerte de despedida del ser corpóreo antes de atravesar el enigmático velo de la muerte. Durante toda mi vida pensé que, llegado el momento de mi último suspiro, eso era lo que iba a suceder.

Estaba equivocado.

Era de noche. Una noche otoñal cualquiera en el instituto donde dictaba clases nocturnas. El mismo instituto en el que, desde pequeño, había transcurrido gran parte de mi vida académica.

Desde la ventana observaba el árbol del patio desprenderse de sus últimas hojas amarillas. El vidrio se empañaba lentamente, a pesar de la calefacción encendida. Afuera, la temperatura descendía de manera casi imperceptible, como si la noche se cerrara sobre el edificio.

Un alumno levantó la mano con timidez para hacer una consulta sobre el examen. Respondí sin prestar demasiada atención al alcance de la ayuda que estaba brindando. Cuando bajó la mirada hacia su hoja cuadriculada, el silencio volvió a apoderarse del aula. Aproveché ese instante para observar nuevamente el exterior.

Algo no estaba bien.

Los pasillos se encontraban más silenciosos de lo habitual. Las luces parecían más débiles. Los demás docentes, ausentes o callados. Era uno de esos días grises que no necesitan explicación.

Cerca de las nueve, el examen llegó a su fin. Los alumnos se marcharon sin despedidas prolongadas. Yo me quedé recogiendo las hojas de los pupitres, cubiertas de números torcidos, gráficos incompletos y manchas de corrector. El aire se sentía denso.

Me senté en el escritorio. No tenía apuro por volver a casa. La última discusión con ella me había dejado exhausto. El departamento se había vuelto un espacio irrespirable, y Marcos —nuestro hijo— nos observaba en silencio, con una tristeza que no correspondía a su edad. Pensé en los años felices, en cómo se habían evaporado sin aviso.

Mientras corregía exámenes, noté que la calefacción comenzaba a fallar. El frío avanzaba de forma gradual, como si alguien hubiera abierto una puerta invisible. Al cabo de un rato, una nube de vapor escapó de mi boca.

Levanté la vista.

El aula, que horas antes rebosaba de voces, ahora parecía una cámara frigorífica. Miré por la ventana: solo había oscuridad. Un negro espeso, sin profundidad.

Guardé los exámenes en el maletín y me lo colgué al hombro. Cada movimiento se volvía deliberado, contenido. El silencio imponía su propia ley. Salí del aula y me encontré con un pasillo sumido en penumbras. Las luces de emergencia no estaban encendidas.

Pensé en llamar a alguno de los encargados, pero algo —una intuición antigua— me lo impidió.

Saqué el celular y activé la linterna. La batería estaba peligrosamente baja. Avancé entre las láminas realizadas por los alumnos: animales recortados, reptiles, mamíferos. Sus ojos de cartón parecían seguirme.

Al llegar a la escalera, sentí cómo el pulso se aceleraba. Todo el edificio parecía contener la respiración.

Comencé a descender.

Cada escalón crujía bajo mi peso. La baranda estaba helada. El haz de luz apenas iluminaba dos metros frente a mí. El frío se volvía más intenso a cada paso, como si descendiera hacia algo vivo, expectante.

Entonces ocurrió.

Los escalones comenzaron a repetirse.

Bajaba y bajaba, pero el entorno no cambiaba. No había rellanos, ni puertas, ni señales. Solo una sucesión interminable de peldaños idénticos. El tiempo perdió sentido. El frío mordía. El silencio se volvió insoportable.

Intenté convencerme de que estaba soñando. Pero el dolor en los músculos, el temblor involuntario, el aire cortante… todo era demasiado real.

El celular emitió un pitido agudo antes de apagarse por completo. La oscuridad fue inmediata. Absoluta.

Me senté en un escalón. Lloré sin hacer ruido.

No sé cuánto tiempo pasó.

Una luz roja apareció al fondo. Débil, distante. Me aferré a ella como una promesa. Bajé con desesperación hasta que, de pronto, el último escalón me devolvió al pasillo inicial.

Era el mismo.

Las mismas paredes. Las mismas láminas. Pero ahora, un resplandor rojizo lo bañaba todo.

Avancé hasta una puerta al final del corredor. Me asomé por la pequeña ventanilla.

El grito murió en mi garganta.

El cuerpo del celador nocturno yacía abierto de una forma imposible. No había orden ni sentido en la manera en que la carne había sido dispuesta. El olor era insoportable. Aquello llevaba allí mucho más tiempo del que debía.

Abrí la puerta.

No recuerdo haber caído. Solo recuerdo el vómito, el mareo, el deseo absoluto de no existir.

Antes de perder la conciencia, vi movimiento en el pasillo. Figuras que avanzaban con una cadencia antinatural. No intenté comprenderlas. Su forma no pertenecía a este mundo.

Sentí las garras.
Sentí los dientes.

Luego, algo cambió.

Muchos dicen que, al morir, vemos la vida desfilar ante nuestros ojos como un último regalo.

No vi nada de eso.

Solo recuerdo el frío.
Y la sensación persistente de que la escalera nunca terminó.


Matías Ferri
Obscura Buenos Aires