EL HOMBRE LOBO DE ALMIRANTE BROWN - RELATO PARANORMAL
EN ALGÚN LUGAR DE BUENOS AIRES, 60 AÑOS ATRÁS
El corazón de Don Pedro latía a mil revoluciones; su mente se aceleraba y su cuerpo estaba al borde del colapso mientras corría frenéticamente por las calles de tierra y piedras. Había sido testigo de lo imposible, de una locura mística digna de un cuento de horror. Sabía, sin lugar a dudas, que lo que había visto era real y no producto de alguna alucinación inducida.
Las calles del actual Barrio de Adrogué estaban desiertas en la oscuridad de la noche; el silencio era absoluto. El pobre hombre, tan mareado y fatigado, cayó al piso. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos, y, consciente de que una bestia lo seguía, sabía que su final estaba asegurado. Perdió la carrera que le permitía seguir con vida, decidió cerrar los ojos y esperar el dolor, el terror… la muerte. Fue en ese instante cuando un aullido ensordecedor se alzó, y luego, todo se sumió en la oscuridad.
ACTUALIDAD
El sol brillaba en lo alto cuando descendí del tren Roca en la estación ferroviaria de Adrogué, en la zona sur de la Provincia de Buenos Aires. Esta estación se ubica entre una pintoresca plaza y varios locales atractivos, un barrio ideal para pasear o hacer compras. No tardé en encontrar a Don Pedro, quien me esperaba en uno de los bancos de la Plaza San Martín, acompañado de un chico de unos doce años. Su mirada, intensa e intranquila, me cautivó: unos ojos oscuros, enmarcados por abundantes cejas, me observaban fijamente. El chico, casi adolescente, parecía absorto en su celular, como si hubiera oído la misma historia innumerables veces.
DON PEDRO:
—Mira, pibe, te lo comenté por teléfono. Caminaba hacia mi casa de noche cuando, de la nada, apareció esa bestia. ¡Juro por la Virgen santísima que era un Hombre Lobo!
Según relatan, el hombre lobo –o licántropo– se transforma en noches de luna llena. Todas las versiones lo describen como una criatura híbrida, con rasgos de lobo, cubierta de un vello espeso, capaz de aullar y desplazarse a una velocidad increíble. Otros, más escépticos, lo consideran simplemente el séptimo hijo varón, mientras algunos aseguran que en Argentina el Presidente de la República apadrina a este “Lobizón” según la Ley de Padrinazgo Presidencial N°20.843.
Don Pedro no profundizó mucho más, salvo un dato peculiar:
—Hace muchos años, en el Barrio de Mármol, varios vecinos quisieron dar caza a la bestia. Los hombres se turnaban para patrullar desde las terrazas, armados, hasta que descubrieron que la “supuesta” criatura era un perro, enfermo en las noches de luna, que aullaba y despellejaba árboles. Al día siguiente, los vecinos increparon al dueño, y ante su negativa, no tuvieron más remedio que sacrificarlo.
Confieso que Don Pedro derribó la leyenda. La posibilidad de que un perro rabioso, o enloquecido por la luna, fuera la causa parecía alta. Quizá su relato del Lobizón fuese fruto del desgaste de recuerdos por su avanzada edad. Aunque intenté indagar más, él no pudo aportar detalles adicionales. De aquellos que afirmaron haber visto o escuchado a la bestia, muchos ya habían fallecido.
—¡Francisca! —exclamó el anciano, recordando de golpe—. Ella, al igual que yo, vio al animal. Si querés, podemos ir a buscarla, ya que está a unas cuadras de acá.
Los vecinos cuentan que en noches de luna llena, en los viejos barrios de Adrogué, se manifiesta esta criatura. Algunos aseguran que aquellos que mueren violentamente quedan atrapados en este mundo; otros sostienen que es el resultado de un accidente o incluso una leyenda del séptimo hijo varón.
Yo, por mi parte, elijo creer. No solo existen numerosas referencias al vampirismo y la licantropía, sino que es la mejor forma de honrar la memoria y las experiencias de quienes han vivido estas situaciones.
Querido lector, ¿tú qué opinás? ¿Creés en estos relatos o pensás que son meros productos de una imaginación envejecida?