
NOCHE EN EL CEMENTERIO MARÍTIMO
CIUDAD DE MIRAMAR (Bs.As.) - Febrero 2019
I
Era un miércoles de febrero de 2019 y me encontraba de vacaciones en la hermosa ciudad costera de Miramar, en la provincia de Buenos Aires. El cielo, despejado en todas direcciones, lucía un celeste impecable, con el sol casi en su cenit. La temperatura era agradable. A mi entender, en la costa, el calor siempre es soportable, sin importar su intensidad.
Caminaba entre las tumbas del Cementerio de Miramar, contemplando el sereno paisaje vespertino, colmado de cruces y ornamentaciones funerarias. Admito que es una costumbre peculiar en mí; cada vez que visito una nueva ciudad, siento la necesidad de conocer su cementerio. No sé exactamente cuándo adquirí este hábito, pero me invade una sensación extraña, casi de despojo, si no descubro el lugar donde reposan sus antiguos habitantes en su descanso eterno.
Desde mi recorrido solitario, podía divisar a lo lejos el Vivero Dunícola Florentino Ameghino, conocido simplemente como "El Vivero". Me pregunté cuánta gente utilizaría el bosque como acceso al camposanto durante la noche, pues el alambrado que separaba ambos terrenos parecía fácil de traspasar.
El lugar estaba impregnado de un silencio especial. A pesar de llevar un buen rato caminando entre nichos y bóvedas, solo me había cruzado con dos personas, quienes apenas notaron mi presencia. El aire tenía el aroma inconfundible del salitre y la vegetación, envuelto en una calma casi irreal.
La tierra centenaria exhalaba una quietud hermosa y aterradora a la vez. Observaba las cruces derruidas, las puertas oxidadas de las bóvedas, las fotos antiguas, los epitafios y los querubines que adornaban las lápidas de personas de todas las edades.
Fue en esa tarde de cementerio cuando conocí a Carlos. Nos cruzamos mientras recorría el lugar, que en esas horas estaba bajo su cuidado. Era un hombre de mediana edad, amable e instruido. Tras una breve presentación y al comentarle mi curioso interés por las necrópolis, aceptó hacerme un recorrido guiado por el sitio.
—Este cementerio —empezó a contarme— es uno de los más tranquilos que conozco. La mayoría de los que están aquí son de Miramar o de Mar del Sud, que queda a pocos kilómetros. Acá nos conocemos todos y cada tumba tiene su historia.
Se detuvo un momento para saludar a una mujer llamada Emilia, quien limpiaba los tules de una bóveda familiar. Cruzamos miradas y le devolví un leve asentimiento en señal de saludo. Luego de un breve intercambio de palabras entre ellos, continuamos con la caminata. No tenía idea de por dónde iniciaría esta suerte de tour.
—La tierra aquí es lenta —continuó Carlos, mostrándome una tumba abierta, lista para un nuevo ocupante—. Por los minerales que contiene, puede tardar hasta dos años en descomponer un ataúd y su ocupante. A veces, cuando necesitamos espacio para otro entierro, debemos acelerar el proceso si la naturaleza no ha hecho su trabajo. Fijate, si mirás bien, podés ver algunos huesos en esa fosa.
Me incliné para observar y, efectivamente, entre las piedras y la tierra removida, asomaban restos óseos del anterior inquilino. Me sorprendió la rapidez con la que el tiempo y la naturaleza reducen nuestra existencia a polvo y olvido.
A medida que avanzábamos, Carlos compartía anécdotas sobre los difuntos, sus vidas y muertes. Me sorprendía la cantidad de detalles que conocía. Luego comprendí que, en una ciudad como Miramar, todos deben conocerse, al menos de nombre.
Nos adentramos en varias bóvedas, descubriendo historias, materiales de ataúdes y secretos insólitos. Algunas estaban abiertas y despedían un peculiar olor a humedad y encierro. En ciertos momentos, sentí una extraña presencia; en otras, susurros apenas audibles despertaban mis sentidos. Fue en una de esas tumbas cuando hice algo que nunca imaginé.
—Ayudame a abrir este ataúd —me pidió Carlos, señalando un féretro antiguo—. Está casi suelto.
Dudé unos segundos, pero me acerqué y levanté la tapa con cuidado. Una nube de polvo se elevó y, cuando se disipó, vi que dentro había otra caja, pero esta vez de hierro.
—Cuando los cuerpos se entierran en nichos o bóvedas —explicó—, se los coloca en recipientes metálicos sellados. Durante la descomposición, los gases y el olor que desprenden pueden ser insoportables y permanecer impregnados en el aire por semanas.
Carlos respetaba su trabajo y lo demostraba en cada palabra. Su interés genuino por el lugar y su historia me resultaba admirable. Luego de un breve silencio, deslizó un comentario que despertó mi curiosidad.
—Por las noches, a veces se ven sombras entre las tumbas más antiguas, cerca de la que perteneció al primer maestro de la ciudad.
Le hablé entonces sobre "Obscura Buenos Aires", el proyecto en el que venía recopilando misterios y leyendas. Le pregunté si tenía imágenes o videos que respaldaran sus palabras.
Carlos meditó un instante antes de negar con la cabeza. Pero su siguiente propuesta fue aún más interesante.
—Si querés y te animás —dijo, con un brillo peculiar en los ojos—, esta noche o la del jueves podés venir a la hora que quieras. Voy a ser el único cuidador de turno y te dejo el cementerio para vos solo.
Mi respuesta fue inmediata. Esa tarde ya había explorado un cementerio nuevo, me había adentrado en criptas y hasta abierto un ataúd con mis propias manos. Y esa misma noche, tendría el Cementerio Municipal de General Alvarado a mi entera disposición
II
Acerqué el auto a la entrada del camposanto varias horas después. Apagué las luces y respiré hondo. Mi corazón latía de forma extraña. Una sonrisa de niño a punto de meterse en un parque de diversiones se dibujó en mi rostro. Corroboré la batería de mi celular: estaba al cien por ciento. Leí unos mensajes que me habían dejado mis colegas de "Obscura Buenos Aires" en Messenger. Respondí. Apagué el estéreo, el motor, el aire acondicionado y bajé del vehículo.
El silencio era increíble. Tétrico. La vibración del celular se escuchaba perfectamente a metros de distancia. Unas pisadas, acompañadas de una mirada conocida y un haz de luz, me sacaron de un trance hipnótico. Los goznes de la tranquera chillaron en la noche, espantando a unos sapos que dormitaban cerca. Carlos, el cuidador que había visto hace unas horas, me invitaba a pasar con un gesto amable.
Entré a la guardia del cementerio acompañado de un perro callejero. Contemplaba las tumbas a escasos metros. Observaba cómo las cruces y símbolos cristianos, iluminados por la luz de la entrada, iban perdiendo brillo y luminiscencia mientras la oscuridad los absorbía más adelante. Carlos me brindó una poderosa linterna LED previamente cargada. Luego, con un ademán, me indicó que me perdiera entre los pasillos laberínticos de tumbas.
Respiraba el aire de los muertos esa noche. La luna menguante apenas iluminaba con tenues rayos desde el cielo, tapada de vez en cuando por unas nubes que habían empezado a dibujarse esa tarde.
Empecé mi recorrido por el sector de bóvedas a mi derecha, el sector más antiguo del lugar, que bordeaba el muro exterior de la necrópolis. Había pasado por allí hace pocas horas, pero la oscuridad le confería un manto lúgubre. Las puertas vidriadas reflejaban apenas mi silueta cuando pasaba cerca, si la luz ayudaba. El viento generaba ruidos extraños que cortaban el silencio de la noche como una navaja en un cuello blando y ceniciento. A mis pies, una enorme cantidad de sapos e insectos pasaban a sus anchas, demostrándome que, en esas horas, yo era el intruso y ellos los dueños legítimos del lugar.
Eran las once y media pasadas cuando bajé la mirada a la pantalla luminosa. Había terminado de cenar con unos amigos y, luego de un café caliente, decidí emprender el recorrido. Hacer tiempo había sido una buena idea. Era la hora perfecta para conocer, bajo la plateada luz de la luna, aquella casa límpida de la diosa Muerte.
Intentaré volcar en estas líneas mis sentimientos. Para esta curiosa experiencia, el "cómo" es más importante que el "cuándo" y el "por qué". No me detendré en descripciones elaboradas en los próximos párrafos. No buscaré la elegancia de las palabras, sino su fluir, sean o no galopadas.
Volviendo al cementerio marítimo, redescubría el lugar con el haz de mi linterna. La oscuridad era pesada. Mis sentidos ya se habían agudizado en consecuencia de la atmósfera y la escasa iluminación. Escuchaba el croar de los sapos. Escuchaba mis pasos en el cemento y la tierra. Escuchaba el leve pero morboso sonido de las puertas de las tumbas resistiendo la suave brisa.
A través de las puertas vidriadas y las pequeñas ventanas, los cajones reposaban en una negrura absoluta. Los tules blancos que los cubrían presagiaban el reposo de sus ocupantes, el sueño eterno y silencioso de la muerte. Las criptas estaban adornadas con candelabros de bronce, fotos antiguas y flores secas y frescas. Al parecer, los deudos visitaban a sus muertos en este rincón de la provincia.
Habían pasado unos diez minutos de caminata cuando empecé a sentir a mi primer acompañante incorpóreo. Una esencia invisible, desprovista de materia y sin olor, se desplazaba a mi alrededor, generándome una sensación extraña. Era, sin duda, un intruso en aquellas parcelas cadavéricas y, desde las entrañas del sitio, sus ocupantes querían hacérmelo notar.
Hice frente a esa presencia. O, al menos, dirigí mi mirada hacia donde la sentía. Clavé mis ojos en la noche, demostrando que nada me expulsaría de aquel lugar. Que mi yo material tenía absoluto poder ante esas entidades que, en las ciencias ocultistas, son conocidas como larvas o entidades de bajo nivel.
Pestañeé y seguí caminando. Revisé mi celular. Mis moderadores y administradores de Obscura me acompañaban a la distancia, atentos. Esporádicamente, les enviaba una filmación con audio, compartiéndoles de cierta forma aquella mágica y negra experiencia. Me hubiera encantado que pudieran disfrutarla conmigo.
Mis pasos me llevaron a la cripta cuyo cajón había abierto. Carlos me había dado acceso aquella noche y, entre esas paredes, al lado de aquella oblonga caja de madera ya abierta, cerré mis ojos y medité. Abrí mi mente, mi percepción, a todo lo que allí se encontraba. Sentía la muerte como un vapor blancuzco a mi alrededor. Casi la paladeaba. Percibía a las aves de los cielos y a las pequeñas bestias de la tierra desplazándose en busca de una presa. Un insecto, un roedor, o cualquier criatura en un escalón más bajo de la cadena alimenticia.
Pero, sobre todo, sentía las presencias que se agolpaban a mi alrededor. Una mujer joven con una mirada extraña, por un lado. Un hombre mayor, por el otro. Los saludé con mi mente, mostrando mis respetos y agradeciendo el tiempo que me permitieron estar allí. Salí de nuevo a la noche.
Esta vez me encontraba en la parte de sepulturas. Una anécdota graciosa —corroborable con los administradores— es que un ave rapaz casi practicó cacería con mi celular cuando les enviaba un nuevo audio.
La tierra estaba húmeda. En ese sector la negrura era absoluta, así que decidí sentarme sobre el pasto y apagar la linterna. Me quedé sumido en la oscuridad perpetua de un cielo con una luna casi extinta, cubierta de nubes. Las estrellas brillaban en el infinito, pero su luz no era poderosa. No iluminaba la tierra. Me despojé de mi abrigo y me tumbé en el pasto húmedo. Sentía la naturaleza. Sentía la compañía de las ánimas observándome desde los rincones oscuros de la perpetuidad. Sus cuencos vacíos, desprovistos de carne pero llenos de historias, me miraban desde todas direcciones. Desde metros bajo tierra. Desde los nichos del extremo. Desde las criptas visibles entre el cementerio y el bosque.
Perdí la noción del tiempo. Perdí mis pensamientos y me dejé llevar por las sensaciones. Seguía sintiéndome acompañado. Seguía percibiendo el disgusto de no ser bienvenido. El frío en la nuca se hacía presente de vez en cuando. El aire era denso en algunos puntos, aunque estuviera a la intemperie. La oscuridad formaba siluetas que se movían recelosamente entre los árboles, las moradas de ladrillos, las cruces y los caminos de tierra. Entre angelitos de miradas tristes. Tantísimos.
Sentía el peso de la muerte sobre mis hombros. Carlos nunca había percibido nada más allá de sombras, pero yo... yo sentía que algo indescriptible reinaba en ese lugar.
Controlé mi reloj. Era casi la una de la mañana. Me levanté y emprendí el lento peregrinar hacia la guardia. Mi noche había terminado. Quizás afuera la noche recién comenzaba para otros, pero para mí era suficiente. Me sentía cansado. Saturado de sensaciones. Tal vez pasaría por la peatonal a buscar una bebida caliente. O un helado, mi segunda debilidad después de la cafeína negra y espesa.
Me despedí de Carlos y le entregué un regalo en señal de agradecimiento. Crucé la tranquera extrañamente renovado. Cansado... pero renovado.
La noche se terminaba. Pero había cumplido con creces todas mis expectativas.